SABOR A PLÁSTICO

SABOR A PLÁSTICO

Si somos lo que comemos, ¿en qué nos hemos convertido entonces? Hoy en día, ir al supermercado implica llenar el changuito de productos que apenas podemos pronunciar sus ingredientes. Conocer de dónde vienen los alimentos, un imperativo para mantener una sana nutrición.

¿De qué está hecha una gaseosa que confiesa que sólo posee un 5 por ciento de jugo natural? ¿Y una miel que jamás fue producida por abejas? ¿Qué decir de fideos secos que pueden soportar media década sin que expire su fecha de vencimiento? “Enzimas, espesantes, gelificantes, conservantes, emulsionantes y estabilizantes, minerales aminoquelados, z-trim, hidrocoloides”. Nunca comimos plástico, pero sabemos cómo es su gusto: así, como el de todo ese conjunto de términos que jamás oímos escuchar, que nunca nos enseñaron en la escuela. O sea, uno puede elegir de supermercado, incluso de marca, pero a partir de ahí, se pierde toda posibilidad de verdadera y consciente de decisión sobre lo que uno va a ingerir. Y ahí, toda libertad desaparece. Uno descubre que es cautivo de unas pocas productoras de alimentos y bebidas que han elegido por nosotros qué es lo que va a “nutrirnos”, si es posible utilizar este término en muchos casos.

COMIDA CHATARRA DE LABORATORIO

Alimentarse determina la salud de cada persona, pero, a lo largo del siglo XX implicó una mayor desconexión del proceso de producción de los productos y los consumidores. Hasta no hace muchas décadas, incluso en los países más industrializados, era muy común ver mercados y vendedores ambulantes con sus pollos, huevos, frutas y verduras, lo fresco dominaba al empaquetado, y la utilización de químicos aún no hegemonizaba a la industria alimenticia. Sin embargo, a partir de la década de 1950, esto cambió. En primer lugar, los conservantes, espesantes, edulcorantes, lo “light”, “cero calorías”, “sin azúcar”, “sabor a…” se hizo más y más cotidiano: de 350 químicos utilizados en la composición de los alimentos, pasamos más de diez mil en la actualidad, donde se puede encontrar uno prohibido en tal país o región, pero legal en otro. Esta multiplicación de químicos tuvo un solo objetivo: hacer más barato el producto. No mejor, no más nutritivo. Más barato. Más beneficiosa para la compañía.

Una de las características de la comida procesada es que es muy fácil de preparar, ya sea calentarla, hidratarla o directamente, abrirlas y listo. Gaseosas, galletitas, sopas, embutidos, caldos, pastas y enlatados de todo tipo de frutas y verduras son los mejores ejemplos. Pero para lograr esa facilidad y un rico gusto, ocultan altas cantidades de sodio y distintos tipos de grasas, nada de fibra, vitaminas, proteínas o minerales. O sea, gustan, satisfacen, pero no nutren. Si bien no todo es nutrición, y a quién no le gusta darse sus gustos, comerse un pancho o unos bombones helados, una dieta basada predominantemente en estos productos han generado enormes problemas de salud: hipertensión, obesidad, diabetes. El problema no es necesariamente la desnutrición, es la malnutrición. La ausencia de componentes claves para que nuestro cuerpo funcione sanamente.

El otro elemento a ver son las sustancias que se le agregan para darle a esos productos la textura, durabilidad y sabor buscados. En esta lista casi infinita tenemos a dos integrantes cotidianos, sepámoslo o no, de nuestra dieta: la sacarina y el aspártamo, que ocupa el 60 por ciento del mercado de los edulcorantes, varias veces más baratos que el azúcar, que casi ha desaparecido de la lista de ingredientes. La primera es conocida (en un minúsculo grupo de estudiosos de la comida) por ser cancerígena, y está prohibida en Francia y Canadá, mientras que en Estados Unidos, los productos que la contengan están obligados a poner en su etiqueta “puede ser peligroso para la salud”. En cuanto el aspártamo, ilegalizada en Islandia, Noruega, Filipinas y Japón, ha sido acusado de provocar convulsiones, estados de coma, tumores cerebrales y ceguera. Ácido bórico, crisoína, naranja GGN y otros tantos más que en Argentina son utilizadas, pese al riesgo que han demostrado tener y que ha llevado a su veda en distintos puntos del planeta.

SABER ELEGIR

Pero si hasta el momento todo pareciera ser oscuro y sin alternativa posible, esta nota no está siendo justa. Todo consumidor puede inclinarse por alimentos naturales, frutas y verduras, carnes de distintos tipos. Poco a poco, las ferias se han hecho más accesibles, más frecuentes y económicas, y no es necesario acudir a animales llenos de antibióticos, encerrados toda su vida antes de pasar por el matadero, o plantas rociadas con herbicidas. También es posible y necesario tomarse el tiempo uno mismo a cocinar lo que quiere comer. Si bien eso lleva tiempo, será uno bien invertido en bienestar, salud y hasta en muchos casos, más barato que comprar algo manufacturado. Las alternativas se multiplican y el saber es poder. Y nada mejor que aplicarlo a la mesa de cada día.

 

©2017 Portal de Noticias Consumo Solidario | info@consumosolidario.com.ar

Inicia Sesión con tu Usuario y Contraseña

¿Olvidó sus datos?